Amada mía:
Te escribo desde el infierno de Dante. Así como lo imaginamos acá hay cientos de perros con rabia que ahogan y cortan el aire con sus aullidos y la abundante espuma que sale de sus trompas negras; sus mordidas son como golpes de gruesos clavos deformes que te cortan en todos los sentidos arrancándote piel, músculo y hasta pedazos de hueso. Cuando los perros se cansan de morderte y se van, empiezan los síntomas: fiebre, un dolor de cabeza insoportable, agitación, confusión, dificultad para tragar, salivación excesiva, espasmos musculares, parálisis, alucinaciones que aumentan a cada minuto, hasta que llega esa sensación agónica y terrible que algunos llaman la muerte. Muerte que sería un premio acá. Dejar de sentir, dejar de ser, dejar de tener sed. Luego de esa muerte angustiosa, una dolorosa sensación de quemaduras te hace despertar de eso, que es apenas un segundo, una falsa calma.
El calor es insoportable. Si alguna vez sentiste ese calor de cuarenta Celsius sin un poco de brisa, consideráte afortunada. Acá eso se llama consuelo. Llamas constantes verdes y moradas no dejan brotar del suelo lleno de afiladas rocas, rompiéndote la piel, de modo que ese fuego antinatural entra y quema desde las heridas abiertas en los pies, hasta salir por la boca, los ojos, oídos… quemándote por dentro, derritiéndote los dientes, la lengua, los ojos… antes que todo empiece de nuevo.
Lo que más pesa no son las torturas físicas, sino la pena moral. Saber que todo fue verdad y lo omitimos aunque fuimos advertidos. Saber del dolor eterno y la angustia que sí existe y nunca terminará, saber del Dios que te creó y nunca responderá a tus preguntas, a un por qué, porque nunca lo verás, porque nunca escucharás esa voz para la que fuiste creado, ese gozo de saber la verdad… y saber del premio que perdiste a voluntad. Eso, genera la verdadera y absoluta desesperación, miedo y odio.
En medio de todo eso, de modo inverosímil he encontrado un mínimo consuelo. Un pequeño perro negro con rabia, pero no tanta, sino ligeramente rabioso; no tanto como los otros. Es un perrito que espumea poco, que ladra mucho pero no muerde tanto. ¿Quizás porque es cachorro? ¿Porque es de raza pequeña? ¿O quizás porque padece algún tipo de enfermedad o trastorno físico que afecta solo a un mínimo porcentaje de la población de perros con rabia de este infierno? ¿Algún síndrome, deformación o rara condición?
Dante -como he llamado a este pequeño engendro infernal- me sigue a donde quiera que vaya; al castillo de las lenguas excesivamente mojadas, a la sala de reuniones de gente sin desodorante, al tren con vagones llenos de viejitas con lepra, a la sala de espera de las flatulencias y eructos, a la cama de las narices llenas de mocos secos… al pasillo de aeropuerto con 2% de batería cuando aún falta migración y las maletas… Me sigue a todas partes.
¿Qué hice o dejé de hacer para merecer estar aquí? Esa es la pregunta, y la respuesta es tan clara, lo tengo tan claro y aún así no me arrepiento de nada. ¿Quizás porque no lo recuerdo? Es imposible arrepentirse acá. Todo es odio, y el odio no perdona ni busca ser perdonado. El odio es el deseo inextinguible de todo para uno, el odio es la asfixia del deseo. Por alguna razón extraña siento un poquito menos odio que el resto de los habitantes de este lugar. ¿Será por Dante? ¿Será que la compañía de este inmundo perrito levemente rabioso me está ayudando a escribir estas letras, que no sé cómo, pero espero lleguen interdimensionalmente a vos, cruzando acaso el umbral entre el infierno y el mundo de las narices? Si odiara demasiado fuera incapaz de reflexionar, incapaz de pensar en vos, de escribirte esta carta intermundana, y advertirte sobre los horrores de este estado constante de dolor y pena, de este infierno físico y moral. De esta carne seca con extra sal.
El avión se cayó, como te anticipé que iba a ocurrir en mi último mensaje de texto. Todos morimos. Yo morí. No sé qué sucedió con los demás. Solo estoy yo, acá en este lugar, en este infierno horroroso de perros con rabia, y un pequeño perrito levemente rabioso. Hacé lo que podás para no llegar aquí. Ayudá a las viejitas, da cumplidos a la gente, sonreí, termínate la comida del plato, no pelies con tus hermanos, dormite temprano, compartí tus juguetes, obedecé a tus papás, cepíllate los dientes, hacé tus oraciones, viví con fé.

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