Dos cuervos negros

Mira

Así, sin punto, ni coma, abierto. Un “mira”, que yo pronuncio “mirá” con tilde en la “a”, porque así hablo yo, así hablamos aquí. 

Tengo ese don de encontrarme con tesoros. Los tesoros no se encuentran a diario, ni en la esquina, ni los diarios ¿o sí? Quizás. El otro día volaba sobre cierto país y te vi. Así tal cual como se ve un jaguar en la montaña o un quetzal. Pero vos eras un cuervo negro como yo. Un pájaro negro, majestuoso. Pero estabas tan lejos, —estás tan lejos— que no supe cómo saludar sin ser extraño. Los cuervos por lo general no saludamos a los extraños, nos cuesta ser sociables de entrada. Así que pensé —qué bonito cuervo— y seguí, seguí el camino, —mi vuelo—. 

Otro día, te volví a ver, pero más cerca, y de pronto un tanto casualidad un tanto provocado —muy provocado la verdad— decidí saludarte y empezamos a hablar. Empezamos a hablar de cosas serias, como problemas matemáticos, legales, estructurales… así, hasta que uno de los dos se atrevió a preguntar algo distinto —ya con un poquito de confianza—, y esa pregunta, llevó a otra, y esa otra… y allí estamos, dos cuervos negros que platican y se buscan. 

Yo sé que te busco, y que cuando hablamos vuelo. Porque un cuervo como yo, vuela al hablar con un tesoro como vos.