Eran casi las seis de la mañana y jugaba ajedrez con mi cabra Pepita cuando desde mi ventana vi a Federico salir de una habitación en casa de su padre. Carlos estaba en la mesa, leyendo el periódico deportivo de ayer con el desayuno listo: huevos rancheros y café. Escuché a Carlos preguntarle a Federico si estaba emocionado por las vacaciones en Acapulco y si había escrito sus sueños al despertarse. Federico respondió que no: que lo había oído en la ducha, que había abierto los ojos, mirado por la ventana y la oscuridad borró sus sueños. Se miraron unos segundos. Federico entró al baño. Pepita movió su alfil.

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