Las cinco y treinta. Pedro avanza decidido a la horca. Su pecado… robar un candelabro de la Basílica de Nuestra Señora de los desamparados; con esto hizo dinero suficiente para comprar la comida de una semana en su casa. No es mejor negociante que ladrón… pues por el valor de ese candelabro, bien pudo haberselas arreglado un par de meses, y de ser un tanto más sagaz ahora mismo estaría en su casa haciendo el amor, y no camino a la horca, siendo objeto de la mirada de sus siete pequeños varones y la niña de tres años en brazos de Amelia, su esposa.
Va avanzando a paso firme, convencido que debe pagar por el crímen cometido. Va repitiendo entre dientes:
—…ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte… Amén…”—
El frío le congela por debajo de la ropa, la turba de gente expectante mira en silencio a aquel que antes era uno como ellos… y ahora… ahora es otro.
—Santa María de los desamparados… ten piedad de mi alma y de mis pequeños…—
Así reza, mientras el rudo lazo le roza el cuello también en silencio. Unos tambores redoblan; el verdugo mira al juez que da la señal y entonces, se abre la escotilla; el cuerpo cae por su peso, el lazo se pone tenso, la asfixia comienza… mueve las piernas violentamente buscando un punto de apoyo que no va a encontrar. Por su pierna se derrama el orín que ahora moja el piso unos centímetros bajo sus pies. Cesa el movimiento… y todo sigue en silencio…
—…ahora, y en la hora de nuestra muerte—.

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