Una historia detectivesca

Una bala en el piso y dos gotas de sangre;
una bolsa de Doritos, -alguien sin hambre-.
Dejando que el polvo se acumule y amanezca,
y nadie suspira en esta historia detectivesca.

Llega Pedro el detective a la escena del crimen,
lleva encima una gabardina que pesa.
Su sombrero le convierte en el perfecto Dick Tracy;
saca una lupa del bolsillo y empieza:

Migajas en la mesa, una bolsa de frituras,
el abanico encendido y las ventanas abiertas,
un steak en el refri, con sal y pimienta,
la cocina encendida… ¿un zapato en la alacena?


Su ayudante, el perito toma nota a conciencia,
ya que, cada detalle les acerca y despierta en Pedro y su equipo el olfato de pesca,
sobre qué está ocurriendo, en esta historia detectivesca.

Todo estaba en silencio y empezó a ladrar la perra,
A lo lejos… ¡Un grito! que sonaba a Carmela…
y cuando entré a la cocina todo era revuelta…

Así contaba Pilar, en su bata violeta.

Pedro el detective recorría la escena.
Rascándose la encilla con los dientes de fuera,
y nada hacía sentido, ninguna pista que abriera
las puertas del misterio, de esta historia detectivesca.

¡Y de pronto un chasquido! Una puerta que truena…
Unos pies “derretidos”, unas pantunflas que pesan,
y a cada paso que suena, le acompaña una queja…
y un revolver en la mano… ¡Por Dios! ¡Es Carmela!

¡Su hermana Pilar corre hacia ella!
¡Pedro saca un cuchillo! -su pistola está en huelga-.
Y Carmela al ver todo, sacude la cabeza,
mientras todos esperan, en esta historia detectivesca.

Y entonces habla Carmela:

Mi Padre me dio de niña un revolver,
cargado con balas de plata…
En caso que un lobo tocara a mi puerta,
o sufriera un ataque de ratas.

Además me enseñó que antes de orar
salpimentara la carne y las hierbas,
y a cortar con destreza el queso y el pan
con un hacha apretada en las muelas.

Y así estaba tranquila, limpiando el revolver…
comiendo Doritos sin pena…
cuando por la ventana entró una culebra
hablando latín y bebiendo ginebra.

¡Al gritar! solté el hacha que tenía en los dientes,
y al caer me hizo una herida.
Voló mi zapato y una bala también,
cayó al suelo… Una bala perdida…


Y así Pedro se va de la escena del crimen
y echa a andar por las calles de ayer;
calles que llevan a historias opuestas,
que saben a torta de miel.

Y una sombra ve a Pedro sentado en un banco,
respirando su taza e’ café.
Cada sorbo le sabe a respuesta…
A causa y efecto al revés.

Y no hay silencio que lo arrulle…
ni llanto que lo estremezca…
Solo una atmósfera turbia…
En esta historia detectivesca.


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