El sermón de la montaña

Estaban Judas, Juan y Pedro con los otros nueve y un montón de gente en la montaña. Pedro meditaba embelesado, las palabras más profundas y preciosas… que jamás en el mundo habían sonado:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos…”.

Y mientras tanto… Judas y Juan platicando:

- Puesi… está bueno este pan vea.

- ¿Cómo?… ¿Cómo… perdón…?

- Que está bueno este pan.

- Eh…, pues así… bueno, bueno… no sé… está como crudo… ¿O no?

- Osea… estamos en medio de la montaña, hay cero que comer… y pues… no es como que hay hornos de pan acá vea.

- Bueno… la verdad… eso sí.

- Y este pescado… está bueno también… ¿No sentís?

- Eh… así como… bueno… tan bueno… yo la verdad también lo siento algo crudón… como… ¿sushi?

- Osea… lo mismo que el pan… ¿Traes un kit de hacer fuego… o andás una bolsa de sal?

- No pues… la verdad no…

- Osea es que no te ponés a pensar… estás comiendo pan y peces en una montaña en medio de la nada, cuando pudieras estar con hambre o comiendo tierra o, plantas… ¿No has pensado eso?

- Bueno… La verdad sí, tenés razón.

Y a lo lejos se escucha: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados…”.

- Mira… Pedro, está como callado vea.

- Pues… sí, ha de estar poniendo atención como estoy tratando yo.

- Puesi… Bueno, vos seguí comiendo.


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