Mi papá se separó de su abuela. Estaba casado con mi mamá, y un día se separó de su abuela… Mi mamá le preparaba horchata con huevo, mientras cocía a fuego lento, arroz con caramelo.
CAPÍTULO II. - La carta de la abuela.
Todo parecía que era paz en aquel pueblo, había día, había noche, había bautizos, habían entierros. Hasta que un día, sin avisar, entró a la casa Juan el cartero, que en medio de la sala entregó esa lúgubre misiva; esa carta terrorífica, que asustó… hasta a los muertos:
“Querido Pablo, mi nietecito lindo,
Te escribo desde el frente de batalla. Los barcos enemigos no dejan de llegar a la costa. Y por más que he intentado olvidarte, cada bala, cada bomba… me hiere, como hiere tu recuerdo.
Pensé que enlistarme en el ejército, sería la cura a todos mis males. Que borraría tu cara con cada muerte registrada. Y es por eso, que cuando llenaba el formulario con mis datos personales, en la casilla “Profesión u oficio”, puse: “Sniper”. Aunque no hubiera disparado ni un insulto, ni una piedra… aunque siempre he sido tildada de cobarde.
Como una esquirla de granada alcanzó a mi Comandante, me vi obligada a tomar el mando y hasta fungir de General. No por mérito, ni jerarquía; sino por no haber nadie en su lugar.
De pronto me convertí en la personificación del mal. Una fuerza misteriosa tomó mi alma y fue así, que aquel día sin saber cómo, aniquilé a mil ochocientos efectivos sin dudar. Al día siguiente hundí a cien navíos, derribé cincuenta aviones enemigos, y qué decir, de los tanques y de los negros submarinos… me los hice pasados con tocino.
Estaba sola contra el mundo. No había fuerza que pudiera derrotarme. Tuve vía libre al ser nombrada Presidente, Dictadora, Arzobispo ¡Y hasta Papa! -Extrañamente-. Y así en la cima, de un monte helado, me convertí en Dalia-Lama, ¡Y después, en Anticristo! Mi poder no se comparaba.
Todo parecía ser normal, todo correcto. Tenía el mundo ante mis pies… Y no es mentira, era perfecto. Hasta que un día, de una nube… cayó una gota y dulcemente… me trajo a la memoria tu cara triste e inocente; y entonces comprendí que no hay poder que sea más fuerte… que el poder del fiel amor, de una avestruz y una serpiente.
Y es así que decidí renunciar a los honores; huir lejos de aquí, escapar sin seguidores ¿Ir al espacio? ¿Al destierro? ¿O morir llena de flores? Ser olvido, ser silencio, dejar de oler, perder colores. Pero antes de mutar en la más triste y negra nada, llené mis venas de valor y escribí esta breve carta.
Concluyendo que no sé, por qué un día nos separamos… Solo recuerdo… era domingo y hacías frijoles con helado. Yo te miraba, y de repente… ya no estabas, te habías marchado… pasó un minuto y diez segundos, y no se oían ya tus pasos; solo escuché un alarido, y una explosión dentro del baño, y fue que huí lejos de allí, pues tu mi amor me habías dejado. Y nunca más supe de ti… Adiós mi amor, adiós mi Pablo”.
CAPÍTULO III. - La respuesta.
Mi papá, sin perder su acostumbrada serenidad; miró por tres segundos a Juan el cartero… tomó un lápiz, papel y escribió:
“Querida abuela, fui al baño. Al salir ya no estabas. Te espero para cenar. Pablo”.
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