Eran las nueve de la mañana, y no estábamos en Santo Domingo, ni era ocho de enero. Estábamos en la cama, en nuestro apartamento. Cortinas cerradas, luces apagadas, aire acondicionado a veintiún grados, pero en el cuarto… un calor insoportable. Todo en silencio.
Toco delicadamente el hombro de mi esposa para despertarla, y luego de un pequeño esfuerzo más… abrió los ojos:
-¿Qué pasó?
-¿Amor… no sentís ese calor?
-¿Qué calor?
Sus ojos cambiaron de color, a un verde brillante antes de cerrarse otra vez… y mientras se daba la vuelta sobre su costado izquierdo, el golpe de una enorme cola de lagarto me tiró de la cama.
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