El infierno del Bosco

-La crisis del escritor es la crisis del lector-.

Terminaba mi ensalada de frutas, mientras Matthias, con su característica y virtuosa elocuencia, argumentaba sobre lo que para mí no era ya un problema o tema por resolver: “…Y es que siento que tenés talento… tenés una sensibilidad y una capacidad de transmitir lo que pensás de una forma interesante… pero, siento que si de verdad querés dar el siguiente paso y entrar en un mundo real y de prestigio, que supere tu satisfacción y gusto personal, me refiero a trascender… pues, tenés que leer más”.

Yo lo escuchaba, dándole mis ojos, oídos y boca, es decir, con la mirada fija, atento y callado; mostrando el más absoluto respeto y sin interrumpir o comentar. Comentar algo más de lo que fuera un: “Ok, ok, sí, lo entiendo”. Pero en mis adentros, se iba gestando y desarrollando a una velocidad fuera de lo normal, una crisis, un cuestionamiento profundo: “¿Será entonces, que en realidad no soy tan bueno? ¿Que no estoy a la altura de lo que debería ser y hacer?”.

Incluso llegué a pensar: “¿Quizás aparecer en la prensa, o medios; dar declaraciones públicas, ser objeto de miradas, críticas y quizás en algún caso… de la admiración de ciertos públicos… no sea suficiente?”.

Y seguía Matthias: “Es que pensálo… Al final… ¿Quién realmente va a saber de vos y tu trabajo? ¿Tu mamá… tu amigo aquel… yo? Lo más seguro es que nadie te va a tomar en serio. Lo más seguro, es que eso pase. Y no me malinterpretés… Como te digo, sos bueno, tenés talento… pero personalmente… y te lo digo desde mi punto de vista, que soy un gran lector… creo que te falta leer más”.

Todo esto mientras Matthias, apoyado sobre la mesa, daba golpecitos con sus dedos a uno de los cuatro tomos gruesos del afamado: “Tratado metafísico-práctico de sadismo en Eurasia, de Götz Schwarz”.

Siempre creí que había nacido con un don, una chispa que me hacía especial… algo… algo que me diferenciaba de los demás y, que secretamente me llevaba a estar orgulloso de mi. Pero ahora de pronto… aparentemente no era más que un aficionado. De manera que coleccionar pedazos de uñas tomadas del piso, hacer pequeñas pelotas de grasa humana y cabello, recolectar sangre de las paredes con hisopos… ya no era gran cosa, es verdad, tenía talento… pero en Auschwitz no era suficiente.


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