Esporas negras

“Flemas de oro, flemas de trigo, flemas de miel y rubí.
Selvas de flema, flemas de loro, selvas de oro y anís…”.


Sentado en la mesa de un negro bar… en la selva de un pueblo fantasma; se encuentra un siniestro y extraño Delfín, un ex-tocador de maracas. Y ahogado en ginebra y un par de cervezas, conversa con una Serpiente; que no es nadie más, que el dueño de aquel, negro lugar, maloliente.

Platican sin ser concretos o serios, de más de un suceso inaudible, por ejemplo, el bostezo de un Pez coronel, que además era artista de cine. Y como antes de eso también fue escritor, de varios relatos y cuentos, y además fue coreógrafo de un Toro veloz, ganador del oro en cien metros.

Todo esto ocurría, mientras el negro bar, cada vez más húmedo y feo, se volvía la cueva o tal vez el hogar de una Espora que pinta silencios. Y así como es, tan sólo natural, la Espora espera a su antojo, a que alguien se siente debajo de ella para luego infectarle los ojos. Y después la nariz con una centena de micro-esporas vivientes; que lloran ansiosas, buscando un lugar, un cuerpo que las alimente.

“Flemas de oro, flemas de trigo, flemas de miel y rubí.
Selvas de flema, flemas de loro, selvas de oro y anís”.


Suenan así, dentro de un Burro, las voces de las Esporas; que llegaron a él por tomar en el bar, un poco de agua aceitosa. Y luego esa tos… Y esos mocos sangrientos, que no cesan y queman y queman; los bronquios de aquel, noble Burro feroz… de ese gran comandante de guerras.

Esporas negras, Esporas de frío, Esporas de marzo y abril; Esporas de mayo, de junio y de julio, Esporas de Roma y de añil. Y siguen hablando Serpiente y Delfín, tranquilos sin ser atacados; por aquellas Esporas, Esporas sin fin, Esporas con alas de barro.

“Flemas de oro, flemas de trigo, flemas de miel y rubí.
Selvas de flema, flemas de loro, selvas de oro y anís”.


Y así en el desierto va el Burro sediento, cojeando, tosiendo, tosiendo; por esas Esporas de aquel negro bar… Esporas de enero y del viento. Y no puede más el Burro feroz, nada más que ir a consulta; con un verde doctor, un voraz Camaleón adicto a la mosca en fritura.

Y es entonces que el Burro comenzó a mejorar, a sentirse mejor poco a poco, ya que el verde doctor le hizo bañar, en las sales de un mar bochornoso. Y fue así, que esa sal destruyó a las Esporas, perdidas en una escupida; después de que el Burro, bebiera del mar esa agua de arena y tequila.

“Flemas de oro, flemas de trigo, flemas de miel y rubí.
Selvas de flema, flemas de loro, selvas de oro y anís…”.


Nunca más se escuchó, en el pueblo fantasma, en el bar, de la selva y Serpiente, la canción de las negras Esporas del mal… de las negras Esporas de siempre. Pues limpiando las jarras detrás de la barra, la Serpiente miró hacia techo; y encontró como allí, a la vista de todos, las Esporas tenían su lecho.

Entonces Serpiente, decidió exorcizar, cada rincón del negocio; usando una mezcla de tinta y pimienta, capaz de ahuyentar hasta un oso. Y así fue el principio, el comienzo y la paz; de una vida ya libre de Esporas… pues Serpiente no olvida, cada día rociar, su remedio eficaz sin demora.

“¡Flemas de oro, flemas de trigo, flemas de miel y rubí!
¡Selvas de flema, flemas de loro, selvas de oro y anís!”.


-¡Dije que No!… “¡Nunca más… se escuchó!…”.

Está bien…, es mi culpa…, lo siento...

Tan sólo quería dar fin con momentum, a esta historia tan cruel y aburrida. Pero entiendo que ya, es la hora que el gas, se cierre y se apague en silencio… Entonces el cuento, aquí llega al final… sin Esporas, sin bar, sin heridas… sin magnesio ni cal, sin limón y sin queso, sin eso que extiende la vida.


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