En uno de mis viajes por los cielos… No recuerdo cuál hasta la fecha. Encontré a un hombre sentado en una estrella.
Su edad, yo le calculo unos setenta. Usaba pelo cano y amplia frente; par de zapatillas piel de iguana; pantalón de fina tela azul-celeste, camisa cuello amplio y remangada.
Poco usual y llamativo este sujeto. Su imagen en mi mente está grabada. Y no se borrará de mi memoria, su dulce y encendida carcajada. (¡Wua, wua, wua, wua…,WUA!).
Secándose las lágrimas me dijo: “Venga buen hombre, siéntese conmigo; disfrute de la vida y, bebamos hoy buen vino. Pues hace mucho tiempo que sufría y que lloraba; pasando largos ratos yo sentado aquí en mí estrella, viviendo auto-centrado y, lamentado en mis problemas. Pero le digo amigo mío… Que esta tarde he recibido… Un regalo muy valioso… ¡Un regalo a lo divino!”.
Y me contó el buen sujeto con detalle, el motivo de su gracia y ligereza. Y cómo aquella tarde de imprevisto, recibió él la visita de un Cometa.
Llevaba muchos años triste y serio. Aquejado por las penas que tenía. Pero un rato de tertulia con el astro, devolvió al atribulado la alegría.
No supo decir de dónde vino, tal Cometa tan gracioso y repentino. Parecía que viajaba sin destino, cantando muy alegre a lo divino.
Y yo creo que conozco a aquel Cometa. Es un joven y gracioso lucerillo. Que viaja por los cielos con presteza, alegrando el corazón de los heridos.
Buen Cometa, tan brillante, tan jovial y tan atleta: Sigue haciendo tu labor con fiel presteza. Y si me cruzas por los cielos o en la pesca; no lo dudes, ven y dime unas palabras. Cómo bien sabes hacerlo tu Cometa, con prudencia, con verdad y con cariño.

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