“Festina et salvare ibi, quia non potero facere quidquam, donec ingrediaris illuc”.
“…date prisa, huye allí, pues nada puedo hacer hasta que llegues”.
Va un hombre liderando escapatoria.
Va aferrado a su mujer y a sus dos hijas.
Va corriendo a la ciudad que le indicaron,
tres señores que hace poco eran visita.
Va corriendo y va llorando por la ofensa,
que le hicieran al Señor de las naciones,
habitantes de Sodoma y de Gomorra,
habitantes de esa tierra y del ahora.
“Los inocentes”, marionetas del deseo,
miserables, egoístas, destructores.
Asesinos, que no aceptan la hemorragia,
que han obrado sobre el mundo sus acciones.
Tres minutos antes de la furia.
Y se escuchan carcajadas de un inicuo,
que va entrando a la ciudad, esta en la puerta,
y se burla del humilde arrepentido.
Nube densa va formándose en el cielo.
Va cargándose de azufre y llamaradas,
para caer como castigo en las ciudades,
para arrasar y destruir viejas maldades.
Ahora es terror y confusión ese momento.
Y ruge el cielo, reclamando su justicia.
Ya no son risas, sino llantos que se escuchan,
de la ciudad, de la maldad ahora vencida.
Tres minutos antes de la furia.
Corre un hombre liderando escapatoria.
Está jadeante, va sin aire, está cansado,
está mirando hacia delante sin voltear.
Está luchando como han dicho los señores:
ver adelante, nunca echarse para atrás.
“Salía el sol en el horizonte
cuando Lot llegó a Soar.
Entonces el Señor hizo llover
sobre Sodoma y Gomorra
azufre y fuego lanzados desde el cielo”.
Abrahán se levantó de madrugada
al lugar donde el Señor había estado.
Miró hacía Sodoma y Gomorra,
hacia aquella región de la vega,
y observó que del suelo subía
como de horno una gran humareda.

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